Mónica Páez


 Entrada libre del 11 de marzo al 3 de abril

El tipo de seres que somos

Juan Nicolás Donoso

En el siglo xi, los teólogos se preguntaban si las palabras nombraban las esencias de las cosas, o si, por el contrario, eran meros ruidos que pronunciamos, etiquetas con las que catalogamos. La gravedad de la pregunta radicaba en que si las palabras solo son sonidos con los que agrupamos cosas, ¿cómo sabemos que nuestro lenguaje de verdad dice algo del mundo? ¿Realmente conocemos, o solo somos asnos a la deriva, contando del uno al diez en un triste ábaco de rústica madera?

En las aulas de las primeras universidades, algunos catedráticos señalaron que el lenguaje no nombra ninguna esencia de las cosas, sino el estado de las cosas. Es decir, cuando aseveramos que Pedro y María son humanos, no estamos afirmando la existencia de una esencia-humanidad que esté como incrustada en ellos. Solo estamos diciendo que la oración es verdadera porque, en efecto, los dos coinciden en su estado de ser humanos. Y eso era todo lo que podía o necesitaba decirse. 

En el siglo xx, el filósofo Ludwig Wittgenstein afirmó algo parecido. Aseguró que solo podemos pensar en enunciados con sentido, esto es, que respetan la lógica formal del lenguaje. El enunciado «El unicornio es un animal» tiene sentido y por eso podemos pensar en unicornios aun cuando estos no existen. Por el contrario, nos resulta imposible pensar en un «cuadrado redondo» porque este viola la lógica del lenguaje. Parecía que el mundo abandonaba el dominio de la metafísica por el reino de la semántica y la lógica, sin embargo, en su famosa afirmación «Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo», se dibuja todavía el más insondable espanto humano: ¿Vivimos encerrados en nuestra propia mente, blindados del mundo por un inmenso domo que, mediante el lenguaje, denominamos lenguaje?

«Por estar en el mundo estamos condenados al sentido; y no podemos hacer nada, no podemos decir nada que no tome un nombre en la historia», escribiría años después el fenomenólogo Maurice Merleau-Ponty. Para entonces, buena parte de la filosofía había dejado de hablar de significado y se preguntaba ahora por el sentido, algo que Merleau-Ponty creía impensable sin la percepción, sin un cuerpo, sin un mundo vivido a través de la carne. 

—¿Tiene sentido la palabra «sentido» por fuera del mundo humano? —le pregunté a Perplexity

—La pregunta que planteas es —me respondió—, una de las más reveladoras del tipo de seres que somos: seres que no pueden dejar de interrogarse por el sentido incluso cuando sospechan que esa interrogación podría ser, ella misma, parte del problema.

Hoy el abismo que intuían los teólogos está desnudo. La Inteligencia Artificial no conoce, pero ¿lo hacemos nosotros? Si en algo se parecen aquellas disertaciones medievales y las respuestas que da la IA, es en que en ambas laten, todavía, la orfandad y la intemperie del espejo y la metáfora.

La traición necesaria

Mónica Páez

En un artículo titulado «Technology; The Computer As Translator» en The New York Times de 1983, Andrew Pollack hace referencia a una historia de los años cincuenta sobre los primeros ensayos para una traducción por computador del inglés al ruso y nuevamente al inglés (recordemos que en esa época estábamos en plena Guerra Fría). 

Algunos de los frutos de esos intentos a partir de frases hechas o muy conocidas resultaron en: 

‘’The spirit is willing, but the flesh is weak.’’
[El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil]

que se tradujo como

‘’The vodka is good, but the meat is rotten.’’ 

[El vodka es bueno pero la carne está podrida]

o

‘’out of sight, out of mind’’ 

[ojos que no ven, corazón que no siente]

que terminó como

‘’invisible, insane’’
[invisible, loco]

Independientemente de la veracidad de los hechos, lo que resalto aquí son los intentos que desde mediados del siglo pasado se producían para ver qué tan viable era o no que una máquina pudiera generar estas traducciones. 

Ya para los ochenta, la Inteligencia Artificial había avanzado lo suficiente como para distinguir los múltiples significados que puede tener una palabra.


Hace un par de años, se publicó en The New Yorker un artículo de Ted Chiang titulado «ChatGPT is a blurry JEPG on the Web», donde propone una analogía entre lo que sucede con los tipos de compresión de los formatos de imágenes digitales y cómo pueden tener (lossy) o no (lossless)pérdidas de información; y lo comparaba con cómo ChatGPT y la generación de contenidos textuales, se asemeja a una imagen que ha sido comprimida con pérdida de información. 

Para entender este comentario de Chiang, pensemos que en la Inteligencia Artificial, los sistemas aprenden gracias a la información suministrada, por eso es primordial la cantidad de datos con los que se enseña a la máquina, para que a partir de un comando solicitado por el usuario (prompt) pueda entregar un contenido plausible. 

Retomando al artículo de Chiang, si ChatGPT trabajara a través de los contenidos con los que ha aprendido y no hubiera un algoritmo que los comprimiera o combinara, los resultados que entregaría serían citas exactas al original (como las de un motor de búsqueda tipo google). Pero, como lo que produce es una mezcla de información que no es necesariamente verídica —aunque puede sonar coherente—, se asemeja a quien ya entendió y digirió algo y lo parafrasea para comentarlo con sus propias palabras. Sin embargo, como ChatGPT no puede discernir los contenidos, lo que produce es esa versión borrosa de una imagen en jpeg que ha perdido información importante.

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La traición necesariaestá inspirado en el adagio traduttore,
traditore
(traductor traidor) que invita a pensar qué tan fiel puede ser una traducción / transcripción. Este proyecto problematiza el externalizar a una IA la tarea de describir una imagen y, a partir de esa misma descripción, crear una nueva.

La imagen propuesta es el espacio expositivo donde se presenta la obra, en un gesto que remite al ouroboros (la serpiente que se muerde la cola) o al efecto Droste (la réplica infinita de una imagen mediante dos espejos enfrentados).

Dada la condición intrínseca del agente generador y su imposibilidad de volver a la imagen inicial, lo que se visualiza son copias y representaciones inexactas en tiempo real de la sala de exposiciones. Se trata de una traición del ojo que le habla al cerebro, o quizás de la creencia (o traición) de que ese espacio que vemos es, efectivamente, ese mismo lugar.