Albicantes / Santiago Acero y Carolina Fandiño

Albicantes

Blanquear, es también borrar las particularidades de algo sin arriesgarse necesariamente a la pérdida de su forma esencial. Las imágenes, a diferencia de los objetos, son imposibles de borrar o deshacer, porque anidan dentro de nosotros. Sin embargo, aquellas que se vuelven ícono, tiene la función de advertir su presencia como incondicional, mientras que la insigne carga que ostentan, se va desdibujando por su permanente exposición. La imagen del jinete imbatible sobre el caballo, es una de éstas, en la que se plantea una relación de jerarquía, tanto en los motivos, como en los elementos de la composición. El jinete icónico del cristianismo y la cruzada evangélica durante la colonia en América, fue Santiago Matamoros, quien a través de la historia de las imágenes, pisa y aplasta con su blanco corcel las cabezas de moros, judíos, negros e indios. Y justamente es a través de las imágenes en las que el tono, color y forma son puestos al servicio del discurso colonial, que se impone y proclama la blancura como paradigma, y que a la vez se encarga de acentuar las desigualdades. Por el contrario, al abstraer figuras de representación icónicas y blanquearlas, nos distanciamos de dichas relaciones jerárquicas y buscamos establecer una relación de igualdad entre los elementos que conforman dichos códigos visuales.

Así mismo, intentamos que dos presencias irreconciliables: la de la imagen del caballo altivo, que se ufana de ser ícono, y la de las partes de cuerpos mutilados, que no tienen cabida en la historia, habiten el mismo espacio.

Igualmente, cabe señalar que el águila, símbolo de poder imperial por excelencia, encierra y vigila como el caballo, la masa extraña de miembros. Ambas, las definidas figuras del ave y el caballo, contrastan con la apariencia menos nítida y más informe de la agrupación de restos corporales.

Si bien los íconos han sido históricamente preservados en lugares sagrados y atesorados con sumo cuidado, en este caso, sometemos a las figuras icónicas del caballo y el águila a habitar en la humedad, y alejadas del espacio glorioso y grandilocuente al que pertenecen. De ese modo, intentamos en vano, blanquear de manera provisional el carácter discursivo que tienen estas imágenes. Adicionalmente utilizamos la humedad y el hongo como elementos sinónimo de deterioro y que imponen a los íconos aquí presentados, una fecha de expiración.

Por último, proponemos la trasgresión de la asepsia del cubo blanco de las galerías exponiéndolo a agentes invasivos, que ponen en tela de juicio, su carácter inmutable.