Labor / Juliana Góngora

Invitación Labor

Labor

Juliana Góngora

Inauguración: viernes 3 de febrero, 2017. 12:30 pm.

Sala de Proyectos, Departamento de Arte, Universidad de los Andes

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Video de Juliana Góngora hablando sobre su muestra en la sala de proyectos: https://www.facebook.com/facartes/videos/1392823660780807/

 

El siguiente texto es una reseña escrita por Julia Buenaventura, publicada por la revista ArtNexus Nº 101, como memoria de la exposición “Labor”, presentada en Flora Ars+Natura en 2016, primera de la serie de exposiciones que culmina con la presente muestra. Este escrito complementa las piezas que comparto en esta ocasión, como el único registro, a modo de eco, de dos obras que ya no están: Un video y la instalación de un muro en sal, del cual quedan como testimonio sus ruinas.  

 

Ver una obra de Juliana Góngora por lo general implica rozar con la punta de la nariz la superficie de la pieza. El espectador quiere abarcar todo en detalle, para lo cual es necesario entrometerse, pues cada punto diminuto envuelve un amplio campo de sentido. Góngora se ha especializado en lo minúsculo a través de una exploración que trae consigo ya no solo una percepción diferente del espacio, sino del tiempo, pues el tiempo corre de formas diversas para lo enorme y para lo pequeño. Es por eso que los físicos deben escoger su camino: átomos o estrellas, pues las ecuaciones que rigen a unos no aplican para las otras.

La exposición “Labor”, en Flora Ars+Natura, gira sobre un pasado en extinción: la casa rural y, con ella, la posibilidad de cultivar la propia tierra; una forma de vida de la que sólo quedan resquicios. Así Juliana Góngora se vuelve sobre la casa de los abuelos en el Espinal (Tolima), un pueblo caliente en medio de los Andes colombianos, a través de cuatro piezas que, de las más diversas formas, están hechas de tiempo.

Un video cuya imagen fija muestra, a través de una puerta, el interior de una casa, de modo que las sombras y  los movimientos del viento son las únicas señales del transcurrir que en el Espinal parece no acontecer. En otro lugar de la exposición, directamente sobre el suelo, una piedra – labor rectangular y plana, intervenida con cal que se la va comiendo, se ha quedado sin oficio, de ahí que repose vertical sobre una de las paredes de la galería.

Al frente de la piedra – labor, apoyado sobre otra pared, se levanta un muro de sal, muy semejante a uno de bahareque, material de construcción de las casas campesinas. Aquello que constituye la obra – la sal – tiene una fuerte carga simbólica; por un lado, era el antiguo elemento de trueque de los indígenas de la sabana de Bogotá, tema que la artista trabajó anteriormente; por otro, la sal es la encargada de conservar las carnes en climas calientes, detener la descomposición que es el tiempo en si. De hecho, si el agua, que siempre parece nueva, es Heráclito, la sal, que siempre parece antigua, es Parménides. Y en el caso de esta exposición, una sal con un aspecto vetusto, pues, apenas fue instalado el muro, éste se curtió con manchas amarillas y marrones salidas del paleolítico, a lo que se sumó una fuerza gravitacional que jalando la masa consiguió tornar la base más ancha que la cima. De hecho, lo curioso es que ese muro – clepsidra no hubiera terminado por desmoronarse.

Al preguntarle a la artista sobre esto, contestó que un desmoronamiento súbito era improbable porque, dijo, a la sal le gusta estar junta, de ser posible en sólidos, de ser posible en piedras. Y luego añadió que para separarla en las partículas que acostumbramos comer es necesario echarle yodo, así, concluyó, “lo único que hice fue juntarla nuevamente”. Y es que Juliana Góngora sabe bastante sobre el comportamiento de partículas, piedras diminutas y semillas minúsculas.

En Ensayos sobre la fe (2012), Góngora colocó trecientas piedras de arena de menos de un milímetro cúbico sobre cuatro metros de hilo de araña. La obra de una fuerza y una delicadeza extremas, y sus dimensiones, peculiar: por un lado, diminuta; por otro, extensa; por un lado, leve; por otro, pesada. Contradicciones que envolvían un problema de escala, pues un bípedo – Juliana –  55.000 veces más pesado que una araña casera había decidido tomar el puesto de la araña para obtener un resultado imposible en nuestra escala proporcional, un hilo extremadamente fino cargando piedras enormes. Góngora, trabajando en la escala de una araña, había conseguido volver leves las rocas. Para lo cual necesitó paciencia; sólo el hecho de separar las piedras diminutas del polvo de la arena le tomó varias horas, en una acción realizada, no sin humor, en la sala de espera del aeropuerto El Dorado.

En la última obra de la muestra, Juliana Góngora vuelve sobre su aprendizaje con las arañas. Entonces, la artista reconstruye un recuerdo de su padre; la cuja donde dormía el abuelo en la casa de el Espinal, una estructura de madera con una piel de vaca tensada. Sobre la nueva cuja hay una manta tejida en croché con un hilo muy fino y una trama amplia, lo que le da un aspecto bastante leve. El contraste entre la manta holgada y la piel tensa brinda a la obra una textura increíble.

Ahora bien, para comprender la manta es necesario acercarse, pues el tejido está lleno de granos e arroz, organizados con al regularidad geométrica propia del croché. La sorpresa del espectador frente a los granos es semejante a aquella frente a las piedritas de hilo de araña, ¿Qué hacen allí? Yo no lo sé, pero es muy bello, además basta sembrar la manta para dar una cosecha. En efecto, la extensión accidentada de la manta es la geografía del Tolima sobre la cuja, esto es, sobre la piel de vaca, sobre todo el ganado que pasea por las montañas. Ambos conversan sobre la historia campesina y el presente agroindustrial que se ha devorado nuestro mundo. Y sin embargo ésta es sólo una interpretación minúscula de una obra que se desborda en sentido. Una pieza que envuelve el tiempo por los más diversos flancos: el pasado del abuelo, el presente continuo de la acción de tejer, y el futuro que, a pesar de los pesares, cada semilla trae consigo.

 

Julia Buenaventura

 

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