Monte de piedad / Giovanni Vargas y Juan Mejía

Monte de Piedad

Walter Benjamin escribe un texto1 que ilumina la labor de un coleccionista genuino de libros. Asevera que más allá (y más acá) de la cuantía misma de una colección, es el hecho de coleccionar en sí mismo aquello que le otorga un verdadero valor a semejante labor. La acción de coleccionar implica una actitud activa, el delineamiento de una estrategia y, claro, la consecución correcta de las tácticas necesarias para dar con un libro específico y poder rastrear así su pasado. La biblioteca de un coleccionista genuino, en palabras del propio Walter Benjamin, no podrá ser otra cosa que un universo impenetrable y único en su especie, una suerte de mundo cerrado y mágico que encuentra su verdadera libertad en algún lugar de los anaqueles2 o quizás sobre las solapas, sobre el cuero bermellón, la textura del papel o la tinta dorada del arabesco. El punto de partida necesario para encontrar un empalme entre el texto de Walter Benjamin que traigo a colación y la exposición Monte de Piedad de Juan Mejía y Giovanni Vargas, puede ser el punto en el que Benjamin cita intencionadamente la siguiente frase de Anatole France:

“The only exact knowledge there is, is the knowledge of the date of publication and the format of the books”

(Traducción: el único conocimiento exacto que existe, es el conocimiento de la fecha de publicación y el formato de los libros).

El ejercicio de transcripción y traducción de esta frase de Anatole France citada por Walter Benjamin, y que yo traigo nuevamente a este texto (y luego la traduzco arbitrariamente), plantea una suerte de juego sucesivo en el que se enfrascan muchos niveles de percepción, de avistamiento y de comprensión. El juego de la traducción roza esta exposición y este texto, porque sugiere un método, un tanteo y una forma (pues de alguna manera no se hace más que traducir procesos, situaciones y formas) que no pretende ser otra cosa que un producto provisional y no un resultado concreto y fijo.

Juan Mejía y Giovanni Vargas desenmascaran —distinta pero indistintamente—, como Walter Benjamin, el acto de coleccionar libros. Juan Mejía y Giovanni Vargas escriben un par de recuerdos sobre la pared y hacen objetos de madera, Walter Benjamin escribe un ensayo que parte de un recuerdo y varias concepciones alrededor de una acción. Semejantes gestos recuerdan lo que implica el acto de declarar o traducir: cuando una persona afirma algo está a merced también de la omisión del resto de las cosas que no afirmó. Los objetos de madera sobre diferentes tipos de cortes, texturas y colores de tela en suelo nos recuerdan a los libros, pero no son libros. Juegan a ser libros. La gran mayoría omite las letras, cualquier tipo de referenciación verbal que los ligue a su contenido3. Renuncian al contenido y prefieren quedarse con las formas. Trabajan bajo la forma de una deuda, una deuda debida a los libros, su punto de partida. Los libros como objetos, los objetos como libros (que parecen libros) parecen no establecer ningún tipo de jerarquía; todos están hechos del mismo material, todos ocupan el mismo lugar (claro que hay unos más grandes y pesados que otros), y casi todos renuncian a su contenido. Juan Mejía y Giovanni Vargas traducen las formas de los libros a los términos del aglomerado de madera, el pegante y la pintura acrílica. La ley de estos objetos de MDF podrá estar contenida en las páginas de los libros a los que aluden. Cada objeto se vuelve una primera y única edición, digna de un verdadero coleccionista. Las formas se vuelven el recurso único del contenido. El ejercicio de traducción se establece acá bajo los términos de una relación inquebrantable entre la superficie de aglomerado de madera y una capa (o más capas) de pintura, una relación más íntima incluso que la cáscara de un alabricoque y su carne, y definitivamente no como en cualquier otra traducción, no como un manto que recubre un cuerpo, ni como un arremolinamiento de pliegues que esconden inexactamente un contenido. Los colores, las líneas, la geometría y las composciones impresas sobre las portadas de los libros quedan inmediatamente traducidas sobre un nuevo soporte. La información se sugiere como un objeto. Los objetos juegan a perder (su contenido), pero ganan otra cosa. Se vuelven otra cosa.

Describir uno de estos objetos significa describirlos a todos. Pero cada uno es también un mundo entero y específico. Sin embargo en términos generales, se trata de una serie de ortoedros regulares pintados bajo el modelo que sugiere la portada de cualquier libro: tres de las seis caras están pintadas. Las tres que no están pintadas sugieren las páginas, el papel (en algunos casos se ve como las láminas de MDF pegadas unas sobre las otras parecen incluso rezmas de papel, pàginas). Las tres caras restantes son las portadas, los colores, las formas, algunas veces las letras. Algunos ejemplares tienen redondeada una de las caras de las que constituyen la portada, como insinuando libros de mayor volúmen y posiblemente mayor antigüedad también. Otros no son más que una única lámina pintada de un sólo color brillante. Es posible encontrar cualquier cantidad de variaciones sobre este mismo elemento: más grandes, más gruesos, más figuras, menos opacidad, algo de color, un pedazo de cinta, la pintura desbordándose en alguna de las esquinas. Todos estos objetos se encuentran a ras de piso, algunos sobre retazos de tela (regulares o irregulares, cortados o rasgados, con textura o sin textura), como en en cualquier venta ambulante; otros están arrumados contra una de las paredes, como en el cuarto de cualquier estudiante (probablemente desordenado). De cualquier manera, son todos gestos. Y estos gestos suceden cuando el ‘hacer’ se hace visible, cuando el medio se visibiliza. El gesto es algo que propiamente no tiene nada que decir. Es la portada, la corteza de una ficción que debe procurar una ocurrencia bien calibrada. El gesto implica ciertas restricciones y no otras, quizás la traducción de un momento.

Acudir a esta exposición de pintura4 puede conducir a algún incauto a afirmar a simple vista que muchas veces el acto de traducir algo puede llegar a ‘disminuir el área de pensamiento’. Y claro, ninguna traducción es adecuada y ninguna traducción es fiel, pero en el ejercicio de Juan Mejía y Giovanni Vargas se delinea claramente la conciencia de que en cualquier tipo de traducción hay pérdidas que podemos considerar absolutas. No puede ser posible que la forma de un libro calce justo con aquello que contienen sus páginas. Tener un libro, comprarlo, no significa exactamente leerlo. Hay una distancia infranqueable entre los diferentes registros de lenguaje presentes en esta exposición, que finalmente queda resuelta sobre el aglomerado y la mezcla de tierras minerales; sobre el gesto que omite deliberadamente lo escrito.

Los objetos de madera que parecen libros se dejan leer como una especificidad abierta, como una potencialidad, como una instancia que se abre y permite tantas lecturas como sean posibles. El original y la versión traducida hablan al unísono. Superficie y pintura. Ambas partes se vuelven constituyentes y cooperantes de una nueva forma. Los originales se modifican en el ejercicio de traducción y es la f icción lo que les provee un lugar: sobre una tela, directamente sobre el piso, unos sobre los otros, el modo de entender sobre lo entendido. El enriquecimiento es mutuo: la traducción es una forma de integración, quizás el paso necesario que se requiere para que el resto de lo que allí ocurre entre en conversación. Estos objetos abrazan su propia ficción.

Walter Benjamin concluye su texto afirmando que para un coleccionista genuino de libros, el hecho de apropiarse de uno implica la relación más íntima posible con un objeto; es el verdadero coleccionista quien en lugar de hacer que los libros cobren vida en él, es él quien vive en ellos, a través de ellos5. Juan Mejía y Giovanni Vargas transforman la naturaleza de una colección de objetos, reconfiguran con un gesto la percepción de aquello que se puede leer y aquello que los ojos no ven. Renuncian a unas cosas para poder revelar otras.

—Juana Anzellini

notas

1 “Unpacking my library”, Walter Benjamin.

2 Traducción parafraseada del texto de Walter Benjamin “Unpacking my library”.

3 Es necesario aclarar que los ejemplares están debidamente rotulados con su título (una cinta de enmascarar con el nombre escrito a mano y pegado sobre alguno de los costados).

4 ¿exposición de pintura o de escultura?

5 Traducción parafraseada del texto de Walter Benjamin “Unpacking my library”.